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  • Isabel González

“Me preocupa que mi hija se pasa horas enganchada al móvil”

Recibimos a madres y padres preocupados por el elevado tiempo de uso de los móviles que hacen sus hijos. ¡Qué menos! Crecimos y jugamos sin móviles. No conocimos una adolescencia con WhatsApp, Instagram ni TikTok. Algunas peinamos canas el primer día que nos quedamos lobotomizados con un “reel” de vídeos de Facebook.


No se trata de aprender a utilizar las aplicaciones que ellos usan. La mayoría sí nos atrevemos a eso. Se trata de detectar y comprender sus claves, sus detalles y significados. En “mi época” era “guay” llevar la mochila colgada de un asa, ahora la llevan bien colgada, sobre los dos hombros, pero llamativamente baja, casi por debajo de la espalda. Así es ahora. Sucede parecido con las claves de su comunicación digital. No las vemos ni entendemos fácilmente.


Nuestros padres tampoco entendían lo que hacíamos en unos recreativos ni por qué necesitábamos bloquear el teléfono fijo de casa durante una hora, “si lo que se tiene que decir se dice en cinco minutos y sobran tres”. "Cosas de casa”, “El Equipo A”, “Salvados por la campana” y otras 20 series con las que mi hermano y yo también nos pegábamos buenas sentadas delante de la tele, absortos en la pantalla. “¡Haced algo productivo!” se escuchaba a veces de fondo.


Hoy tenemos el reto de supervisar y acompañar en el uso de algo muy poderoso pero no tenemos posibilidad de tirar de experiencia propia porque no disponemos de ella. No la de su misma edad. Nuestros padres tampoco la tuvieron. Cada generación afrontamos nuestros propios retos. ¿Se imaginan lo que debió ser la "popularización” de la alfabetización? Si en algún momento de la historia la gente, de forma masiva, empezó a leer y escribir, debió ser muy disruptivo para la sociedad. ¿Qué dirían los más antiguos del momento? Seguro que cosas muy parecidas a las que les decimos a los chavales sobre el uso de los móviles.


No tiene por qué ser fácil. Cada caso es distinto. No hay recetas mágicas ni universales. A nuestra labor con nuestros hijos se añaden nuestros trabajos, la casa, nuestra propia salud física y emocional, etc. ¿Alguna recomendación? Sí. Con la precaución de que lo ideal es consultar con un profesional. Comparto algunas ideas que pueden ser útiles para quienes no tienen intención, ganas, tiempo o recursos para utilizar ayuda especializada.


Consideremos que los móviles (y tecnología en general) no son el enemigo. Podemos intentar situarnos al lado de nuestros hijos con respecto a la tecnología. Reconozcamos que nosotros también manejamos pantallas, necesitamos tecnología y no siempre hacemos el uso que idealmente nos gustaría. Ponernos a su lado y no en frente, puede aproximarnos.

¿Cómo lo podemos hacer? No tengamos miedo a mostrarles nuestras inseguridades y dificultades. Aumentaremos su confianza en nosotros. ¿No te ha pasado que te has quedado enganchado viendo vídeos o series? Te fuiste a la cama más tarde de lo que querías y te costó mucho madrugar. Llegaste al trabajo cansada y rendiste menos de lo habitual. Cuéntaselo, comparte cómo lo has resuelto, o cómo te sirvió de autoaprendizaje.


Evitemos castigar. El castigo externo es muy cortoplacista y contraproducente a medio y largo plazo. El refuerzo intrínseco puede ser muy útil. Les podemos ayudar a identificar sus sensaciones y emociones cuando hacen un uso intensivo del móvil. Lo bueno y lo malo. Por ejemplo: sensaciones agradables y entretenimiento cuando juego con amigos. Sensación de embotamiento y malestar general cuando paso muchas horas sin moverme delante de la pantalla.


Podemos preguntarles cómo se sienten y quedarnos a escuchar. Tratemos de hacerlo sin juzgar, en el sentido de aceptar que no lo sabemos todo. Nuestra forma de ver las cosas no tiene por qué tener más validez que la suya. Pensemos que incluso podría suceder que nos ayuden a descubrir nuevas estrategias y formas de utilizar los móviles.


Encontremos espacios sin pantallas. En casos en los que verdaderamente está costando salir del bucle del uso diario intensivo del móvil, puede ser útil buscar momentos y espacios sin pantallas. Momentos del día o de la semana para los que acordemos compartir el tiempo sin que nadie (lo cual nos incluye) utilice el móvil, la tablet o la Play.

En los espacios sin pantalla no es necesario forzarnos a hacer nada juntos. Por ejemplo, durante la comida y la siguiente hora de sobremesa: un día surgirá conversación, otro quizás cada cual anda a lo suyo. Alguien se echará la siesta o cogerá un libro, puede ser que incluso otro se aburra. No pasa nada.


Intentemos aceptar que no debemos tener las soluciones. Cada madre y padre hacemos lo que podemos. Una mezcla entre lo que sabemos, lo que queremos hacer y lo que nuestra propia situación emocional y nuestro tiempo nos permiten.

Por último, creo que no es necesario tocar fondo para pedir ayuda profesional. No esperamos a que el coche se detenga para ir al taller. No esperamos a no poder caminar para ir al fisioterapeuta. No esperemos a caer por el precipicio para utilizar ayuda especializada. Afortunadamente, la psicoterapia cada vez se utiliza más de forma preventiva.

Isabel González

Madre de tres. Psicóloga.

Experta en psicología infantil y adolescentes.

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